Necropolítica




Necropolítica. Sobre el gobierno privado indirecto (2020), del filósofo camerunés Achille Mbembe, plantea una profunda crítica al ejercicio contemporáneo del poder, especialmente en contextos poscoloniales y neoliberales. Según Mbembe, el control político ya no se limita a regular la vida (biopolítica), sino que se extiende a la administración de la muerte y del sufrimiento como formas legítimas de dominación.

Desde la psicología social, esta obra interpela directamente los estudios sobre el poder, la obediencia, la deshumanización, el prejuicio y la exclusión. Este informe se propone reflexionar críticamente sobre las ideas centrales del libro y contrastarlas con conceptos fundamentales de esta rama de la psicología.

Mbembe plantea que en el mundo contemporáneo muchas poblaciones viven bajo un “estado de excepción permanente”, donde la muerte no es una consecuencia colateral, sino una herramienta política. La necropolítica es, por tanto, la capacidad de decidir quién merece vivir y quién no.

Este poder se ejerce de manera indirecta y privatizada, como en el caso del colonialismo o del neoliberalismo actual, donde empresas, ejércitos privados y élites locales gobiernan en nombre de intereses externos. Esta forma de dominio fragmenta el poder, lo descentraliza y lo vuelve impune.

La deshumanización (Haslam, 2006) es un proceso psicológico que permite tratar a otros como inferiores o inhumanos. Es clave en los sistemas necropolíticos, ya que justifica la violencia y el abandono hacia ciertos grupos (migrantes, pobres, racializados). Además, estudios como el experimento de Milgram sobre obediencia muestran cómo los individuos pueden participar en actos violentos cuando la autoridad lo legitima.

La necropolítica necesita enemigos: cuerpos descartables. Desde la teoría de la identidad social (Tajfel y Turner), comprendemos cómo los grupos se construyen en oposición al “otro”, generando prejuicios que justifican la desigualdad. El racismo estructural, por ejemplo, es una herramienta necropolítica basada en esta lógica de exclusión.

Las consecuencias de estas formas de dominación son psicológicas y sociales: miedo, trauma colectivo, desconfianza y pérdida de comunidad. La psicología social ha demostrado cómo la violencia estructural afecta la percepción del futuro, la cohesión social y la salud mental, generando estados de indefensión aprendida o normalización del sufrimiento.

Conclusión

Achille Mbembe nos desafía a ver el poder contemporáneo desde una lógica cruda: no se trata solo de gobernar la vida, sino de administrar la muerte y el sufrimiento. La psicología social, al analizar cómo pensamos y actuamos en contextos grupales, nos ofrece herramientas valiosas para comprender cómo estas formas de poder son posibles, aceptadas y sostenidas socialmente.

Este cruce entre filosofía política y psicología social no solo permite entender mejor el presente, sino también cuestionarlo y transformarlo. Reconocer los mecanismos de deshumanización y exclusión es el primer paso hacia una sociedad más consciente, crítica y justa.


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